Quizá la mayor facultad que posee
nuestra mente sea la capacidad de sobrellevar el dolor. El pensamiento clásico
nos enseña las cuatro puertas de la mente, por las que cada uno pasa según sus
necesidades.
La primera es la puerta del sueño. El
sueño nos ofrece un refugio del mundo y de todo su dolor. El sueño marca el
paso del tiempo y nos proporciona distancia de las cosas que nos han hecho
daño. Cuando una persona resulta herida, suele perder el conocimiento. Y cuando
alguien recibe una noticia traumática, suele desvanecerse o desmayarse. Así es
como la mente se protege del dolor: pasando por la primera puerta.
La segunda es la puerta del olvido.
Algunas heridas son demasiado profundas para curarse, o para curarse deprisa.
Además, muchos recuerdos son dolorosos, y no hay curación posible. El dicho de
que ‘el tiempo todo lo cura’ es falso. El tiempo cura la mayoría de las
heridas. El resto están escondidas detrás de esa puerta.
La tercera es la puerta de la locura. A
veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede
parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es solo
dolor, y para huir de ese dolor, la mente tiene que abandonar la realidad.
La última puerta es la de la muerte. El
último recurso. Después de morir, nada puede hacernos daño, o eso nos han
enseñado.
Me adentré en el bosque y dormí. El
cuerpo me lo exigía, y mi mente utilizó la primera puerta para aliviar el dolor
que me embargaba. La herida quedó cubierta hasta que llegara el momento
propicio para la curación. Era un mecanismo de defensa: una buena parte de mi
mente dejó de funcionar. Se apagó, por así decirlo.
Mientras mi mente dormía, gran parte de
los detalles dolorosos del día anterior se escondieron detrás de la segunda
puerta. Pero no del todo. No olvidé lo que había pasado, y sin embargo el
recuerdo quedó amortiguado, como si lo viera a través de una tupida gasa. Si
hubiera querido, habría podido recordar las caras de los muertos, la cara de
aquel hombre de ojos negros. Pero no quería recordar. Empujé esos pensamientos
y dejé que acumularan polvo en un rincón de mi mente que utilizaba poco.
Soñé. No con sangre, ojos vidriosos y
olor a pelo quemado, sino con cosas más agradables. Y poco a poco, la herida dejó
de dolerme…
El nombre del viento.