martes, 3 de enero de 2012

Ciudad del hueso


Había una vez un niño.comenzó Jace.
Clary le interrumpió inmediatamente.
¿Un niño cazador de sombras?
Por supuesto. Por un momento, un sombrío tono divertido coloreó su voz; luego desapareció. Cuando el niño tenía seis años, su padre le dio un halcón para que lo adiestrara. Los halcones son aves rapaces… que matan pájaros, le dijo su padre, son los cazadores de sombras del cielo.
»Al halcón no le gustaba el niño, y al niño tampoco le gustaba él. Su pico afilado lo ponía nervioso, y sus ojos brillantes siempre parecían estarle vigilando. El ave le atacaba con el pico y las garras cada vez que se acercaba a él. Durante semanas, no dejaron de sangrarle las muñecas y las manos. Él no lo sabía, pero su padre había seleccionado un halcón que había vivido salvaje durante más de un año, y por lo tanto era casi imposible de domesticar. Pero el niño lo intentó, porque su padre le había dicho que hiciera que el halcón le obedeciera, y él quería complacer a su padre.
»Permanecía junto al ave constantemente, hablándole para mantenerla despierta e incluso poniéndole música, porque se suponía que una cansada es más fácil de domar. Aprendió a manejar el equipo: las pihuelas, el capuchón, la caperuza, la lonja, la correa que sujetaba el halcón a su muñeca. Se suponía que debía mantener ciego al halcón, pero no tenía valor para hacerlo; en vez de eso intentó sentarse donde el pájaro pudiera verlo mientras le tocaba y le acariciaba las alas, deseando con todas sus fuerzas que aprendiera a confiar en él. Le daba de comer con la mano, y al principio el halcón se negó a comer. Más tarde comió con tanta ferocidad que el pico hirió al niño en la palma de la mano. Pero el niño estaba contento, porque era un progreso, y porque quería que el pájaro le conociese, incluso aunque el ave le dejara sin sangre para conseguirlo.
»Empezó a ver que el halcón era hermoso, que sus alas delgadas estaban pensadas para la velocidad en el vuelo, que era fuerte y rápido, feroz y delicado. Cuando descendía hacia el suelo, se movía como la luz. Cuando aprendió a describir un círculo y posársele en la muñeca, él casi gritó de júbilo. A veces el ave saltaba a su hombro y ponía el pico en sus cabellos. Sabía que su halcón le quería, y cuando estuvo seguro de que no sólo estaba domesticado sino perfectamente domesticado, fue a su padre y le mostró lo que había hecho, esperando que se sentiría orgulloso.
»Pero en vez de eso, su padre tomó al ave, ahora domesticada y confiada, en sus manos y le rompió el cuello. Te dije que hicieras que fuese obediente le dijo su padre, y dejó caer el cuerpo sin vida del halcón al suelo. Pero tú le has enseñado a quererte. Los halcones no existen para ser mascotas cariñosas: son feroces y salvajes, despiadados y crueles. Este pájaro no estaba domado; había perdido su identidad.
»Más tarde, cuando su padre le dejó, el niño lloró sobre su mascota, hasta que finalmente el padre envió a un criado para que se llevara el cuerpo del ave y lo enterrara. El niño no volvió a llorar, y nunca olvidó lo que había aprendido: que amar es destruir, y que ser amado es ser destruido.
Clary, que había permanecido tumbada sin moverse, sin apenas respirar, rodó sobre la espalda y abrió los ojos.
Es una historia horrible exclamó, indignada.
Jace tenía las piernas dobladas hacia arriba, con la barbilla sobre las rodillas.
¿Lo es? inquirió meditabundo.
El padre del niño es un ser horrible. Es una historia sobre maltrato infantil. Debería de haber previsto que sería algo así lo que los cazadores de sombras consideran que es un cuento para dormir. Cualquier cosa que te proporcione pesadillas aterradoras…
A veces las Marcas pueden proporcionarte pesadillas aterradoras dijo Jace. Si te las hacen cuando eres demasiado joven.
La miró pensativo. La luz de media tarde penetraba a través de las cortinas y convertía el rostro del joven en un estudio de contrastes.
“Claroscuro”, pensó ella. El arte de las sombras y la luz.
Es una buena historia si lo piensas bien repuso él. El padre del niño sólo intenta hacerle más fuerte. Inflexible.
Pero se debe aprender a ceder un pocoindicó Clary con un bostezo; a pesar del contenido del relato, la cadencia de la voz de Jace la había adormilado. O se te rompe el corazón.
No si eres lo bastante fuerte replicó Jace con firmeza.

domingo, 1 de enero de 2012

Nacida del hielo


+Temía que ya hubieras terminado de hacer las maletas
—Iba a bajar a hablar contigo. Creo que podría llegar a Dublín esta noche.
+Es un viaje largo, pero tendrás luz todavía un rato más.
—Brianna...
+Quiero darte esto. Lo he hecho para ti.
—¿Lo has hecho para mí?
+Sí. Es un suéter. Puede que te sirva durante el otoño o el invierno. He hecho las mangas un poco más largas porque tienes los brazos largos.
—No sé qué decir.
+Siempre que me has dado un regalo me has dicho que diga gracias.
—Así es. Gracias.
+De nada. ¿Necesitas ayuda para terminar de guardarlo todo? Tú debes de tener más experiencia con el equipaje, lo sé, pero supongo que puede parecerte tedioso hacerlo.
—Por favor, no. Tienes todo el derecho a estar molesta.
+No, no lo tengo. Y no lo estoy. No me hiciste ninguna promesa, Grayson, de modo que no has incumplido ninguna. Sé que eso es importante para ti. ¿Ya has revisado los cajones? Te sorprendería saber lo que a veces olvida la gente en los cajones.
—Tengo que irme, Brianna.
+Ya lo sé.
—No puedo quedarme aquí. Cuanto más tiempo me demore, más difícil será. Y yo no puedo darte lo que necesitas. O lo que pienso que necesitas.
+Lo siguiente que me vas a decir es que tienes alma de cíngaro, pero no hay necesidad de que lo hagas. Ya lo sé. Lamento lo que te he dicho hace un rato. No quiero que te vayas recordando las palabras amargas que nos hemos dicho, cuando ha habido mucho más que eso. ¿Quieres que te prepare algo de comer para el viaje? ¿O un termo de té, tal vez?
—Déjate del rollo de la anfitriona comedida. Por Dios santo, te estoy abandonando, Brianna. Te estoy dejando.
+Te vas, como siempre me dijiste que harías. Tal vez sería más fácil para tu conciencia que llorara, rogara y montara una escena, pero ese comportamiento no va conmigo.
—Entonces así están las cosas.
+Hiciste tu elección y te deseo toda la felicidad del mundo. Eres bienvenido a volver, por supuesto, si viajas de nuevo por estas tierras.
—Te lo haré saber.
+Te ayudo a bajar tus cosas.
—Yo las metí, yo las sacaré.
+Como quieras. Cuídate, Grayson.
—Adiós, Brie. No te voy a olvidar.
+Eso espero.

[...]

—Bueno, está tan claro como el agua que me engañaste vilmente. No, no dejes de llorar, continúa. Me hace bien saber lo farsante que eres. «Déjame ayudarte a hacer las maletas, Gray. ¿Quieres que te prepare algo de comer para el viaje? Me las arreglaré sin ti más que bien». Me seguiste la corriente y realmente me convenciste. Ni siquiera te volviste a mirar atrás. Eso era lo que estaba mal en la escena, lo que no encajaba del todo. Nunca encajó. Estás irremediablemente enamorada de mí, ¿no es cierto, Brianna? Totalmente enamorada, sin trucos, sin trampas ni frases trilladas.
+Ay, Grayson, vete. ¿Por qué has vuelto?
—Me he dejado algunas cosas.
+Aquí no hay nada.
—Tú estás aquí. Déjame contarte una historia. No, sigue llorando, si quieres, pero escúchame. Pensaba que él tenía que irse. McGee.
+¿Has venido a hablarme sobre tu libro?
—Déjame contarte la historia. Pensaba que tenía que irse. Qué importaba que Tulia significara para él más de lo que nadie había significado antes. Qué importaba que ella lo amara, lo hubiera cambiado y le hubiera cambiado la vida entera, que se la hubiera completado. Estaban a años luz de distancia en todos los otros aspectos, ¿no? McGee era un solitario, siempre lo había sido. ¿Qué diablos iba a hacer plantado en una cabañita perdida en un condado del oeste de Irlanda? Y ella lo dejó ir porque era demasiado testaruda, demasiado orgullosa y lo amaba demasiado como para pedirle que se quedara. Me preocupaba eso. Durante semanas la idea me enloqueció, dándome vueltas en la cabeza. Y ayer, durante el viaje hacia Dublín fui pensando en ello. Creía que no iba a pensar en ti si seguía rumiando la preocupación por el libro. Pero de repente me di cuenta de que McGee no se iría y de que ella no permitiría que lo hiciera. Por supuesto que sobrevivirían el uno sin el otro, porque ambos son unos supervivientes natos, pero nunca se sentirían completos. No con la plenitud que sienten cuando están juntos. Entonces reescribí la escena, en el vestíbulo del hotel de Dublín.
+Entonces solucionaste tu problema. Bien por ti.
—Uno de mis problemas. No vas a ninguna parte, Brianna. Cuando terminé de re-escribir, pensé que quería tomarme un trago en alguna parte y después me acostaría. Pero en lugar de hacer eso, me vi a mí mismo montándome de nuevo en el coche, dando la vuelta y dirigiéndome hacia aquí otra vez. Porque me olvidé de que aquí he pasado los seis meses más felices de mi vida. Me olvidé de que quería escucharte cantar en la cocina por la mañana o verte al otro lado de la ventana de mi habitación. Me olvidé de que sobrevivir no siempre es suficiente. Mírame. Por favor. Y más que nada, Brianna, me olvidé de permitirme decirte que te amo. Para mí también fue una novedad, un impacto. Todavía no sé muy bien cómo lidiar con esta realidad. Nunca había querido sentir esto por nadie y había sido fácil evitarlo hasta que te conocí. El amor significa ataduras y responsabilidades. Y significa que tal vez pueda vivir sin ti, pero que nunca voy a sentirme completo si no te tengo a mi lado. Pensaba que habías dejado de amarme bastante rápidamente por esa despedida tan fría de ayer. Eso empezó a aterrarme. Así que venía preparado para suplicarte cuando he entrado y te he oído llorando. Tengo que reconocer que ha sido como música para mis oídos.
+Querías que llorara...
—Tal vez, sí. Pensaba que si hubieras llorado un poquito sobre mi hombro anoche, si me hubieras pedido que no te dejara, me habría quedado. Pero entonces después podría echarte la culpa si lo hubiera estropeado todo.
+Al parecer te he facilitado las cosas.
—La verdad es que no. Tenía que llegar a este punto yo solo, así no tendré a nadie a quien culpar si arruino las cosas. Pero quiero que sepas que me voy a esforzar por no estropear lo que tenemos.
+Querías regresar...
—Más o menos. De hecho, más. He dicho que te amo, Brianna.
+Ya lo sé. Lo recuerdo. No te olvidas de la primera vez que lo escuchas.
—La primera vez que lo escuché fue la primera vez que te hice el amor. Tenía la esperanza de escucharlo de nuevo.
+Te amo, Grayson. Sabes que es así.
—Ya veremos.
+No tenías que comprarme un regalo. Con que volvieras a casa era suficiente.
—He pensado mucho en eso mientras conducía de vuelta desde Dublín. Venir a casa. Es la primera vez que lo hago y me gustaría que fuera una costumbre. Le di la lata al gerente del hotel de Dublín hasta que lo convencí de que abriera la tienda de regalos. Vosotros los irlandeses sois tan sentimentales que ni siquiera tuve que sobornarlo. Pensé que tendría mejor suerte con un anillo tradicional. Quiero que te cases conmigo, Brianna. Quiero que construyamos juntos un hogar que sea de los dos.
+Grayson...
—Sé que soy una mala apuesta. Sé que no te merezco, pero me amas de todas maneras. Puedo trabajar en cualquier parte y, además, puedo ayudarte con el hotel.
+Grayson...
—En cualquier caso me va a tocar viajar a veces, pero no será igual que antes. Y podrías venir conmigo si quieres. Siempre volveríamos aquí, Brie. Siempre. Este lugar ahora significa casi tanto para mí como significa para ti.
+Ya lo sé. Yo...
—No puedes saberlo. Yo mismo no lo sabía hasta que me fui. Es mi hogar. Tú eres mi hogar, no una trampa. Un santuario. Una opción. Quiero construir una familia aquí. Dios santo. Quiero eso. Hijos, planes a largo plazo. Un futuro. Y saber que vas a estar justo aquí cada noche, cada mañana. Nadie podrá amarte nunca como yo te amo, Brianna. Quiero comprometerme contigo. Desde este día, desde esta hora.
+Ay, Grayson. He querido...
—Nunca había amado a nadie antes, Brianna. En toda mi vida no ha habido nadie más que tú. Así que te cuidaré, te lo juro. Ojalá tú...
+Por Dios, cállate ya, ¿vale? Para que pueda decir que sí.
—¿Sí? ¿No me vas a hacer sufrir primero?
+La respuesta es sí. Sencillamente sí. Bienvenido a tu hogar, Grayson.


Blanca como la nieve, roja como la sangre.


Estoy delante de la pantalla del ordenador. Escribo las preguntas del encabezamiento: ¿Por qué Roma, Alejandría y Bizancio fueron quemados por sus conquistadores? ¿Qué  impulsaba a los bárbaros, los árabes, los turcos? ¿Qué los hacía tan parecidos, pese a ser tan diferentes?  Blanco. No se me ocurre nada. Blanco como esta maldita pantalla. […] Es tarde. Fuera está la negrura de la noche y mi mente está blanca. Procuro transformarme en uno de aquellos saqueadores de bibliotecas y me pregunto qué quiero conseguir prendiendo fuego a los libros que contienen. Doy vueltas por las calles polvorientas de Roma, de Alejandría, de Bizancio, que según he descubierto luego fue Constantinopla y más tarde Estambul, y en medio del estruendo y de los gritos de la gente hago arder miles de libros. Me desprendo de todos aquellos sueños de papel y los convierto en cenizas. Los convierto en humo blanco.

Esta es la respuesta. Incinerar los sueños. Quemar los sueños es el secreto para abatir definitivamente a nuestros enemigos, de modo que ya no tengan fuerzas para levantarse y continuar. Para que no sueñen con las cosas hermosas de su ciudad, con las vidas ajenas; para que no sueñen con los relatos de los demás, tan llenos de libertad y de amor. Para que no sueñen con nada. Si la gente no le permites soñar, la esclavizas. Y yo, saqueador de ciudades, solo necesito esclavos para reinar tranquilo y sin que me molesten. Y así ya no quedarán más palabras. Solo la blanca ceniza de los sueños antiguos. Esta es la destrucción más cruel: robar los sueños de la gente. Campo de concentración lleno de hombres calcinados con sus sueños. Nazis ladrones de sueños. Cuando no tienes sueños, se los robas a los demás para que ellos tampoco los tengan. La envidia te quema el corazón y ese fuego lo devora todo…