Estoy delante de la pantalla del ordenador. Escribo las preguntas
del encabezamiento: ¿Por qué Roma,
Alejandría y Bizancio fueron quemados por sus conquistadores? ¿Qué impulsaba a los bárbaros, los árabes, los
turcos? ¿Qué los hacía tan parecidos, pese a ser tan diferentes? Blanco. No se me ocurre nada. Blanco como esta
maldita pantalla. […] Es tarde. Fuera está la negrura de la noche y mi mente
está blanca. Procuro transformarme en uno de aquellos saqueadores de
bibliotecas y me pregunto qué quiero conseguir prendiendo fuego a los libros
que contienen. Doy vueltas por las calles polvorientas de Roma, de Alejandría,
de Bizancio, que según he descubierto luego fue Constantinopla y más tarde
Estambul, y en medio del estruendo y de los gritos de la gente hago arder miles
de libros. Me desprendo de todos aquellos sueños de papel y los convierto en
cenizas. Los convierto en humo blanco.
Esta es la respuesta. Incinerar los sueños. Quemar los
sueños es el secreto para abatir definitivamente a nuestros enemigos, de modo
que ya no tengan fuerzas para levantarse y continuar. Para que no sueñen con
las cosas hermosas de su ciudad, con las vidas ajenas; para que no sueñen con
los relatos de los demás, tan llenos de libertad y de amor. Para que no sueñen
con nada. Si la gente no le permites soñar, la esclavizas. Y yo, saqueador de
ciudades, solo necesito esclavos para reinar tranquilo y sin que me molesten. Y
así ya no quedarán más palabras. Solo la blanca ceniza de los sueños antiguos.
Esta es la destrucción más cruel: robar los sueños de la gente. Campo de
concentración lleno de hombres calcinados con sus sueños. Nazis ladrones de
sueños. Cuando no tienes sueños, se los robas a los demás para que ellos
tampoco los tengan. La envidia te quema el corazón y ese fuego lo devora todo…

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